Cinco Palmas, la gestación de un triunfo

El encuentro de Cinco Palmas reafirmó la continuidad histórica de la Revolución Cubana

Fueron los primeros días de diciembre de 1956 en la Sierra Maestra, desastrosos para el movimiento 26 de julio. En poco tiempo, el naciente grupo guerrillero había perdido gran parte del parque militar, sufrió pérdidas importantes y se dispersó en un territorio en gran parte desconocido. La dictadura, consciente de la debilidad del grupo insurgente, ha intensificado la propaganda mediática mezclando descrédito y mentiras insolentes. También se estaba alistando un asedio militar en el área donde se suponía que debían operar los revolucionarios.

El espectro del fracaso, materializado por otros intentos revolucionarios a lo largo de la primera mitad del siglo XX cubano, recaía ahora en los expedicionarios de Granma. Sólo el entusiasmo y la convicción inalienable de que estábamos en la época de “ser libres o martirizados” garantizaban la superación paulatina de todas las dificultades.

La mañana del 18 de diciembre de 1956 había comenzado tranquilamente para Fidel Castro y un pequeño grupo de revolucionarios albergados en la finca de un campesino local. Las horas de gran tensión tras el derrumbe de Alegría de Pío se suavizaron en un clima de frustrante tranquilidad. Poco a poco, varios miembros de la expedición dispersos se habían ido reuniendo alrededor de la plaza, cuando Fidel fue informado de la posible presencia de otro pequeño grupo de revolucionarios a pocos kilómetros de distancia. Tras una serie de cuidadosos contactos, se concretó el presentimiento que circulaba en la finca: se trataba de Raúl Castro y varios compañeros armados.

Alrededor de la medianoche, la reunión se lleva a cabo en un lugar designado en el campo de caña de azúcar de la finca, gobernado por cinco esbeltas palmeras reales. El sonido distante de pasos pronto aumenta hasta que las dos tropas se encuentran cara a cara. Se produce el famoso y entusiasta abrazo:

«-¿Cuántas armas tienes?

-Cinco

-¡Y dos que tengo yo, siete! ¡Ahora si ganamos la guerra! «

Esta frase histórica, cuyo significado ha trascendido a lo largo del tiempo como máxima expresión del optimismo, acompaña a todo revolucionario cubano. Se ajusta a la premisa ineludible del pensamiento de Fidel, que nos enseñó a no ceder nunca a las condiciones más adversas ya convertir los contratiempos en victoria, manteniendo continuamente la fe en la victoria. Este fue el caso en Moncada, en el Presidio, en el Exilio, en la lucha en la Sierra y en la defensa de la Revolución triunfante el 1 de enero de 1959.

El 18 de diciembre de 1956 y los días siguientes, cuando se incorporaron nuevos combatientes y armas que permitieron la reunificación de la guerrilla y su posterior internamiento en las profundidades de la sierra, se reafirmó la continuidad histórica de la Revolución Cubana. Es el proceso iniciado en La Demajagua y mantenido con el sudor y la sangre de la juventud, tras la conquista de la verdadera y definitiva independencia nacional.