Tribuna de la Habana

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Foto: Tomado de redes sociales

Por la mañana, en la entrada del Ministerio de Agricultura, Ana María saluda a cada una de las personas que ingresan al edificio. Con diferentes frases, los saluda, les desea un buen día, al mismo tiempo que les aplica la rigurosa sustancia desinfectante en las manos.

«Hola. ¿Cómo estás? Buena suerte en el trabajo. Que tengas un lindo viaje. Qué elegante hoy», son algunas de sus palabras luego de leer los rostros de los que llegan. Al otro lado, por lo general, una sonrisa y una bienvenida de reciprocidad.

Desde que la trasladaron de su puesto -del ascensor a la puerta- dicen, con este simple gesto, alegra la vida tanto a las casi mil personas que viven en la sede de la organización como a quienes la visitan.

Ana María es como una especie de transición de la vida cotidiana en la calle y de los problemas privados y domésticos a las funciones y tareas del trabajo.

Varios entrevistados coinciden en que les aporta alegría y buen rollo llegar al trabajo cuando están preocupados o tienen un día tenso por delante. A su vez, dicen, su espíritu es contagioso y ha irradiado a quienes no lo habían hecho antes.

Necesitamos más de Ana Marías, sobre todo en un contexto donde, ante un buen día, los malos modales han sembrado una salida completa de quienes no se dignan mirar hacia arriba.

No cuesta, no lleva víveres, o se ve afectado por el bloqueo, viene de la cuna y del hogar o, si no, se cultiva a voluntad.

Las dificultades diarias pueden ser abrumadoras, pero con su gesto, no solo anima a los demás, sino que también apoya su salud mental y física. No en vano cuando pregunta por ella allá, dicen: “¿Anita? ¡Cuando no está allí, es extraña!

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